
Hay ocasiones en las que me encuentro ante una persona que me intimida. Puede que no conozca la razón, puede que sea inexplicable, pero hay veces en las que me siento insignificante, como una pequeña hormiguita ante una gran cucaracha que me quiere devorar. Siento que no puedo hacer frente a ese bicho y que tengo que someterme a él. Siento que mis capacidades son limitadas y que debo aceptar lo que ese me quiera escupir a la cara. No es que me inspire un cierto respeto o admiración, es simplemente superior.
En esas ocasiones decido entonces imaginarme a la gente cagando. En ese estado, uno de los más humanos pero animal también, todos somos iguales. Todos vulnerables, dependientes y necesitados, en un esfuerzo por enfrentarnos a nuestra propia naturaleza, por no aceptar nuestra condición, por superar las dificultades. Pero no podemos luchar contra ello, es ley de vida. Para Kant la dignidad sería el valor absoluto del que gozamos cuando somos libres de no obedecer más que a ley dictada por la razón. Nunca seremos dignos, nunca seremos libres. Es ley de vida, no es una ciencia.
De repente la cucaracha va menguando o quizás soy yo la que crezco pero las distancias se acortan y me doy cuenta de que nos arrastramos sobre el mismo suelo y el mismo cielo nos aplasta.